El tren llega por fin a la estación Lanús y voy descendiendo con tranquilidad del interior. El Sol comienza a posarse sobre los edificios mientras busco entre mis bolsillos la caja de cigarros, que se quedó con mi última inyección de nicotina.
El colectivo se detiene lentamente en Plaza Flores y, sin dudarlo, me impulso fuera ni bien las puertas terminan de desplegarse. Los auriculares inundan mi interior con notas mientras saco de la mochila una lata de cerveza fría. La Luna ya entró por completo en el cuadro y está en compañía de las mejores estrellas en una noche tibia.
Ambas situaciones apuntaron a lo mismo, en sus reiteradas ocasiones: Eran un recreo para meditar sobre las situaciones que me afectaban y que, en mi "normal rutina" no podía analizar. Hoy en día ya no lo hago y si lo hiciera sería para tomarme un descanso y mirar la ciudad.
O sea, la vida, a veces, va a una velocidad que da miedo. En otros momentos, sucede que lanza golpes que nos dejan sin aire y ni tiempo para buscarle una explicación tenemos. Y yo siempre fui muy malo para pelearle a la nostalgia, que fue la que subió al ring este finde.
Sin embargo, acá estoy. Me encontré contándole en resumen a un amigo lo que pasó y cuando él me preguntó qué opinion tenía para calificar al fin de semana por completo, me nació responderle: "Fue mágico". Y lo siento así de verdad. Después de todo, cuando desperté sin entender nada no perdí la cabeza del todo, es más, dejé que mi cerebro se tomara un feriado (sabía yo que no iba a terminar de entender). Y sólo analice por completo el hecho de que si la nota la descargué acá, en esta pared, fue porque algo maduró.
Seamos sinceros, a este lugar no entran todos. No es que sea mi intención publicar todo lo que pienso, pero, en ocasiones, necesito descargarlo en la red. Puede que sea porque tengo la esperanza de que alguien lo lea (y admito que hay situaciones en las que ese "alguien" tiene nombre y apellido), pero, volviendo al punto, a este lugar nunca entraría la persona que tenía nombre y apellido en el texto.
Normalmente dejaba por escrito lo que penaba en un lugar donde cabía la mínima posibilidad de que ella supiera algún día quizás lo que sucedía. Esta vez, por otro lado, las palabras quedaron lejos. Ni siquiera fue una pena lo que me atravesó, sino un recuerdo ¿Quién no puede?
Acá estoy otra vez. Confieso que tengo mañanas en las que me gustaría que tu sonrisa me dejara sin palabras. Como también hay noches en las que me gustaría dormir en un abrazo tan profundo como los tuyos. Y bueno, todos tenemos nuestros anhelos.
Ahora lo que me gustaría es sentarme en una terraza, con una cerveza, y con el Sol de frente. Encontrarme en una mañana en paz, y que el mediodía me encuentre sin lágrimas, sin parches en el corazón. Es más, podría hacer eso ahora, pero no tengo terraza ni cerveza y es de noche.
Es simple: Acá estoy y creo, de una vez por todas, que puedo enfrentarme a la inmensidad y me importa poco si pierdo. No me voy a quedar encerrado por siempre. Si la pasé bien, que más puedo pedir. Si existieron buenos momentos porqué quedarme con los malos. Los besos recibidos no son puñales sino los mejores souvenires.
Prefiero acordarme de lo dulce y tierno que tenía un beso de aquella a boca, a pasar mis días martillandome en la sien que no hay posibilidades de tener otro de esos. La vida sigue y no me quiero quedar sentado a ver como corre la película. El tiempo es poco o mucho y si depende de mí vamos a darle cuerda al reloj hasta que el tiempo ya no importe.
Este es mi reporte final de este fin de semana fuera de serie. Mi comentario al pie sobre tres días al hilo que parecieron tan intensos como un mes. Ahora es hora de dormir, tengo que despertarme no muy tarde, así tengo tiempo de enseñarle de una vez a mis pies cómo dar otro paso adelante, de paso puedo aprovechar para comentarle a mi cabeza la mejor forma de contar las historias pasadas no como tristes cuentos sin fin, sino como relatos hermosos de tiempos siempre perfectos en sus situaciones. Con pena o con gloria cada situación valió lo suyo.
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